Quizá ya ocurrió

Por Dona

¡Me traicionaste!


¡Me traicionaste!. Fueron las últimas palabras que pronunció antes de perder el conocimiento y desplomarse en medio del camino. La desgracia que Quizá ya ocurrió… Desde aquel día cualquiera hasta la fecha de hoy no hay nadie que conozca la historia y pase por el lugar y no lo recuerde. ¿Me traicionaste? De acuerdo. No volveré a descargar mi ira contra ningún dios. Tampoco citaré más sus milagros, ni recordaré que hoy hace tres semanas del último. Ni que son millones los parados en este país. De acuerdo. ¡Viva Alicia en el país de las maravillas!. Pero no pienso arrodillarme. Mi amigo Josemel dice que escriba lo que me sale y como me sale. Que no renuncie a ser yo. Pero que no olvide que quiera o no escribo para “ellas”. De acuerdo. Hay quien no responde a mis emilios, o como se diga. De acuerdo. Pero yo no traicioné a nadie. Dice Silvio Rodríguez: “Debes amar la arcilla que va en tus manos/ debes amar su arena hasta la locura/ y si no, no la emprendas que será en vano/ sólo el amor alumbra lo que perdura/ sólo el amor convierte en milagro el barro… Debes amar el tiempo de los intentos/ debes amar la hora que nunca brilla/ y si no, no pretendas tocar los yertos/ sólo el amor engendra la maravilla/ sólo el amor consigue encender lo muerto…”. De acuerdo, Silvio, de acuerdo, “Sólo el amor”. Pero no sé de amor. Ni de mantener una relación. Tampoco entiendo las matemáticas. Ni ahora ni antes. Y es que la vida es una operación matemática. Y no sé. Pero yo no traicioné a nadie. Antes de nacer ya nos rigen los números. Nueve en el vientre materno, nacemos en una fecha que identificamos por un número. En uno de los doce meses del año que tiene trecientos sesenta y cinco días o más. Cada detalle de la vida está determinado por un número. Pero eso no es nada, porque no se queda ahí: La edad de las personas se cuenta a partir del día que nace, el día tal, a tal hora nació fulanito de tal. Y antes de llegar al primer mes de vida, ya se dice que ese niño tiene tantos días. A partir de entonces, cuentan los meses hasta llegar el año, se inicia entonces la cuesta de la vida, hacia arriba primero: La niñez determinada por un número, la adolescencia, la juventud… Hacia abajo después. Cada etapa de esas dura lo que dura y está marcada por los números. El reloj, doce números; una hora tiene sesenta minutos; veinte cuatro horas un día. Y vuelta a los trescientos sesenta y cinco días o uno más si es bisiesto. Y dale. Multiplicar, y sumar, y restar, y dividir… Y dale. Silvio: ¿y el amor? ¡Pitágoras, Copérnico… quién les mandó ser tan listos. Lo fueron tanto que no se les ocurrió otra cosa que imitar a Aristóteles y su filosofía. En la vida todo está relacionado con las matemáticas, las fases de la luna, la muerte. Eso, la muerte, ¿qué ocurre un día a partir del cual se suman todos los años desde que se nace hasta que se muerte? El único número que se niega es el día de la muerte… (Sin temor a pensar en qué día moriré, digo alto y claro que yo no traicioné a nadie. Ni a Dios. Diría, parafraseando a Esperanza Aguirre, que yo ya era así de “hijoputa”).

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Comentarios de los lectores

No nos equivoquemos, la búsqueda de venganza no genera justicia sino más violencia. La Pena del Talión no resuelve sino que agrava el problema. Hablo de amor, ¿de qué sino? Más o menos Manuel Machado dijo que: “al fundir el sentimiento en el alma, lo que se pierde de ambos se gana de eternidad”. ¿Comprenden?

Sorprendente la disertación “literario-matemática”. Me dejó sumido en ese descocierto grato del asombro. Por supuesto, la variable del amor quebranta cualquier ecuación.