Te presiento triste ¿?
¡Hola amigo! ¿Qué tal vas? Yo por aquí, tirando y sembrando el país de c.v. ¡No sabes cuánto me gustaría tenerte cerca para tomarnos un café y charlar!. En fin… me conformaré con escribirte.
Un beso muy grandeeeee…
“Qué es lo que a uno le hace sensato? Escuchar y que le digan algo”. Bertolt Brecht.
Fue una de esas maravillosas coincidencias. De esos misterios de la vida y sus inexplicables. Fue como si al corazón de un ser querido, una divinidad le inyectara la determinación y la certeza de que era posible el cambio, y convertir un estado de tristeza en todo lo contrario. Los mandatos de la Constitución se hicieron realidad. La justicia había triunfado. Todos tenían trabajo. La mala suerte estaba derrotada; la buena suerte triunfó. Y apareció un futuro ilusionante. Primero fueron unos pocos, y luego se sumaron más, y más. Cada vez fueron más. ¡Podemos!, se decían unos a otros. Sí. Era el grito general. Y apareció en el horizonte la buena suerte. Era el principio de todo, fue la certeza que algo estaba cambiando, y no sólo lo creíamos unos pocos, era todo el mundo, que para triunfar necesitábamos de buena suerte. También de la bendición de Dios. En momentos difíciles uno puede echar mano de todo lo que otros consideran la verdad. Y entonces fue posible, apoyando el hombro unos con otros salir de aquella situación de penuria en el que nos encontrábamos. Nos faltaba la suerte para alcanzar el estado de gracia, pero ya sabíamos que podíamos, porque ese estado era nuestro… Se crearon alianzas estratégicas y nuevas empresas para desarrollar la industria con productos de avanzada tecnología, y con trabajadores capacitados. Los trabajadores estamos preparados. El éxito se inició con un plan estratégico global al que se sumaron todos los sectores con el fin de erradicar el paro. El establecimiento de un programa continuado que preparó técnicamente a la población para sumarse a generar riqueza. La idea fue simple: En vez de aspirar a megaproyectos, se optimizaron recursos propios y se orientaron a incrementar la producción comenzando por el campo y su modernización. Se facilitaron fuentes de financiación para el sostén y la creación de micros, pequeñas y medianas empresas. Se expandió el comercio y se multiplicaron las exportaciones. Se creó una generación de empresarios jóvenes que se sumó a la ya existente. Convencidos todos que los trabajadores cualificados y hábiles, y las empresas apoyadas económicamente están capacitados para erradicar el desempleo y multiplicar la producción. La idea pasaba por un cambio de mentalidad. Trabajadores y empresarios juntos con una finalidad común. Y se comenzó a medir el crecimiento como sociedad en base a la creación de empleo. Volvimos a confiar en el futuro. ¿Qué cómo sucedió? La sociedad despertó. Cambió el yo, por el nosotros. Dijo no al pesimismo, al más de lo mismo. Y dijo sí al optimismo, a la buena suerte. (Nos lo propusimos y fue posible).
Ten fe. Te quiero.









Se dice con frecuencia que la sociedad y sus valores están en crisis. Nunca es bueno generalizar, porque se podrá decir que hay valores o que algunos valores están en crisis, pero hay uno que no debemos perder nunca de vista, es el valor de la solidaridad. Y está… ha de estar presente ahora más que nunca y patente ante la crisis. Parafraseando a la Aguirre, esta “hijaputa” crisis que nos está matando la ilusión y la alegría. ¡Podemos!, hemos de decir con gran sentido solidario. Porque es cierto que podemos. Pero respiramos un pesimismo inaceptable. Precisamos resurgir de nosotros mismos. Volver a confiar en nosotros. A tener fe. Salir del desánimo donde nos encontramos. Amarrados a la solidaridad como valor presente. La solidaridad recoge en parte el valor del amor, y por amor debemos ser solidarios. Pero también la solidaridad encierra el todo de la justicia, porque se da a los demás aquello que de alguna manera también se le debe.